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El corazón secreto de las cosas

Los sueños son, a la vez, una experiencia universal y una marca personal. Todos soñamos, pero lo que cada uno sueña es algo tan íntimo e intransferible que es imposible contárselo a otro. Lo onírico surge de restos diurnos, de fragmentos de relatos, de deseos que quedan flotando, aunque nunca logran conformar una narración coherente: son flashes, imágenes evanescentes, encandilamientos que se difuminan en el recuerdo.
Dar cuenta del sueño fue el deseo de los surrealistas. Una de las forma de acercarse al corazón secreto de las cosas. Muchas de las pinturas de Dalí tratan de reconstruir aquellas imágenes que sólo nos visitan cuando dormimos. Sin embargo, hay algo de falso en el registro escrupuloso de los monstruos de la noche, en el excesivo detalle de esas escenas que prodiga Dalí. Las parcas imágenes de Roberto Aisenberg son más genuinamente oníricas, quizás porque no tratan de imponerse. En el surrealismo argentino lo oscuro aparece como en sesgo y dando un rodeo, con cierta timidez: en esa reticencia, casi siempre de fuerte impronta geométrica, se siente la pulsión de lo que no deja otra huella que el desasosiego. Nico Sara (Rafaela, 1974) es tributario de esa tradición cimarrona.

Las pinturas de Sara son anfibias: hijas de la cultura pop y de la poesía romántica. Se inspiran en la tecnología contemporánea, pero remiten a lo artesanal. Hay una dicotomía constante entre la forma y el fondo. Sara no suele pintar personas, pero es difícil no ver sus pinturas de objetos como retratos de cosas. Es un retratista de lo que no existe. Sus juguetes, autos, calaveras, cuerpos y mixturas son íconos esenciales de algo que se nos escapa, que se diluye de la memoria como el sueño cuando despertamos. Sabemos que está ahí, que dice algo, que nos emocionó o nos dió terror, pero ya no sabemos qué es. Sara pinta como imagina. En sus cuadros, el mundo se reduce a la interacción de un objeto con un horizonte, una superficie en la que apoyarse o un aire que la rodea. Ese fondo o superficie es siempre plano, casi siempre estridente y por lo general difuso. ¿Dónde está lo que vemos? Está en la mente. Sara no pinta lo que vemos con los ojos, sino lo que imaginamos.

Sara construye perfecciones que se demuelen. Hay una de las telas de esta muestra en la que presenta una construcción geométrica, como de juego de piezas infantiles, de un colorido estridente y parco a la vez (¡esel rey de las paradojas y el dueño de las contradicciones!), que brilla y se diluye ante nuestros ojos incrédulos de tanta maravilla formal. Pero jamás es mera forma: en esas construcciones arquitectónicas, en las que los objetos adquieren una estatura monumental dentro de su pequeñez, Sara siembra la semilla de lo inquietante.

Un perrito sin cabeza. Mejor dicho: un perrito que tiene en el lugar de la cabeza un motor. Pero ya el perro que Sara presenta en su tela no es animal: es un perro prototípico, como una pieza de lego superdiseñada. Aquí y allá surgen estructuras híbridas, que mezclan cuerpo humano y llamas, casco y alas, cabellera y auto. Hay una tendencia a la geometrización de todo en su dibujo. Necesita recrear la proyección en 3D de lo real que se inscribe en lo plano. Va y viene. Del sueño al cuadro.

De la cultura pop, Sara toma sus imágenes (y los deseos que las acompañan): ser felíz, sentir la velocidad, tener aventuras. En el cuadro dibuja el mapa del sueño que tendremos cuando seamos felices. Promete un nuevo orden: el que surgirá cuando despertemos con toda la memoria del mundo y podamos borrar la diferencia entre la vigilia y el sueño. Cuando dejemos de soñar que estamos despiertos.
 


                                                                                    Daniel Molina

Artículo referido a la muestra Pinturas 2.0, en Elsi del Río Arte Contemporáneo, publicado en diario Perfil el domingo 7 de agosto de 2011.

 

 

 

Las ficciones de un pintor y una galería

El relato y la ficción funcionan como puntos de conexión entre los seres imaginarios de Nico Sara y Elsi del Río, la galería que los exhibe.

Esa caja que, simbólicamente o no, contiene el pensamiento destilado por el cerebro, el cráneo, puede asociarse  con un cadáver disecado, con un incidente criminal, con el desecho de un cuerpo abandonado por años y reencontrado en condiciones misteriosas. Nico Sara lo toma como objeto central de su muestra Pintura 2.0, lejos de los lujos cadavéricos del británico Damien Hirst, y los aleja de una mirada mortuoria o médica de autopsia residual.

Las obras expuestas en la galería Elsi del Río, en pleno Palermo Hollywood, van marcando el paso de esa parte del cuerpo plantada sobre el cuello de un modo lúdico, como unas figuritas de un álbum inocente para niños de otras generaciones y, sin embargo, cada obra en su formato cuadrado y mediano es manifiesto de estricta contemporaneidad. No sólo porque esta parte del cuerpo es ejecutada por el pincel del artista a medio camino entre la figuración y la abstracción; en las obras de Pintura 2.0 un fondo negro expulsa adelante a figuras humanas cruzadas con objetos de diversa índole.

Este procedimiento de juntar objetos de distinta procedencia y rango –un tronco humano que en lugar de cabeza tiene llamas o un par de alas, los cimientos de una casa en las patas geométricas de un animal, alas en un cuerpo de perro (¿o chancho?)– deviene de un modo original de trabajo de Sara. Sus maquetas no son bocetos trazados en un papel, son investigaciones laboriosas –como de artesano, dice él– nacidas de un trabajo realizado en computadora. En esta indagación, Sara no sólo bucea en las formas en los cruces de sus obras “anfibias”, una parte fundamental de este buceo es dar en la clave de un color determinado. Ese color es el mayor desafío cuando el artista transfiere a la tela lo que armó en la pantalla. Entre ambos soportes, la mano de Sara reproduce la etapa inicial de su trabajo, tratando de alcanzar las formas y los colores que proceden de las nuevas tecnologías en uno de los soportes más antiguos, la pintura, en este caso aplicando acrílico sobre tela. La mezcla de formas robóticas y colores flúo, podría considerarse la marca registrada, hasta ahora, del artista de Rafaela.

El imaginario de Sara se exhibe en un espacio que también tiene mucho de ficción y descuidado misterio, Elsi del Río Arte contemporáneo, del galerista Fernando Entín. 

“Elsi” acaba de cumplir once años y sólo un par desde que se instaló en Palermo Soho. La leyenda cuenta que el nombre del espacio proviene de una tía del galerista que cantaba boleros en tugurios under en la década del 50 pero que nunca logró suceso más allá del Río de la Plata y que hoy pasa los que quizá sean sus últimos años en un pequeño departamento frente al río en el barrio de Pocitos. En homenaje a la pariente Entín nombró su galería, de la que es factótum con la asesoría y apoyo de su compañero de toda la vida, José Luis Anzízar. Si a esto sumamos que Entín sólo acepta en su staff a artistas que logran transmitir un relato en la producción de sus obras, uno se termina preguntando si todo el concepto de Elsi del Río no es producto, él mismo, de un relato, una suerte de chiste que hace Entín sin explicar demasiado; quizá otro cuento tan ficcional como los objetos que plasma en sus pinturas Nico Sara. En ese caso, no es importante ya saber si la tal Elsi vive en Pocitos o cantó alguna vez boleros. 

Elsi del Río, como galería, es un artefacto que funciona y que desde el nombre marca la línea de la estética de su anfitrión, obras y espacio donde manda el relato. Y con los resultados a la vista, parece que funciona.


                                                                                  Cristina Civale

Artículo referido a la muestra Pinturas 2.0, en Elsi del Río Arte Contemporáneo, publicado en revista Ñ el 1 de agosto de 2011.